¿Qué queda por decir? O futebol (2015)

Sergio Oksman viaja a Brasil cámara en mano para encontrarse con su padre, al que apenas ha visto durante los últimos veinte años, coincidiendo con la Copa del Mundo de Fútbol de 2014. Esta es la premisa con la que arranca “O futebol”, un filme que explora el vacío, la distancia y el paso del tiempo a través de la relación padre e hijo.

Un mundial siempre promete emoción, fiesta, acción. Espectáculo. Pero Sergio se planta allí con un decálogo de reglas formales auspiciadas por Carlos Muguiro a partir de las cuales filmará un Sao Paulo desértico y extraño, muy alejado de lo que esperamos ver en una ciudad envuelta en semejante acontecimiento. Limitaciones en la puesta en escena que le permiten escapar del ruido. Fuera del estadio, fuera del espectáculo, fuera de campo. Entrar sólo hubiera significado esconder el vacío que habita entre ellos. La distancia. El dolor que se oculta tras la gigantesca ceremonia del deporte rey. Ni siquiera el coche en que viajan tiene radio. “La puta que parió”.

El gesto de vaciar se hace más evidente en este contexto, así como el más leve sonido irrumpe del más absoluto silencio. Encuadres fijos habitados por cuerpos inmóviles y sigilosos, suspendidos en el tiempo. La palabra sólo aparece para no decir nada, decidida a enfrentarse contra su enemigo natural. Pero es en el desierto donde nos encontramos con los personajes, con el padre, con sus dudas, con sus traumas, en su desconexión. Esquema invertido en el que las palabras ocultan y los silencios muestran.

Un gesto radical el de Sergio Oksman y Carlos Muguiro hoy día que somos bombardeados por cantidades ingentes de imágenes que no nos dejan mirar, convertidos en consumidores de efectos. Gesto revolucionario el de vaciar, el de reducir al mínimo los elementos que construyen el filme, sólo así podemos ver mejor, alejados del ruido de la sobrecarga informativa que nos rodea. Flotar en el abismo que separa dos cuerpos, que separa lo de dentro y lo de fuera, que separa el espectáculo de la vida misma. Flotar en un vacío que nos pertenece por derecho y del que huimos incansablemente.

Y así sin más, la película va desapareciendo, poco a poco, a su propio ritmo, como las letras escritas en los espacios de un crucigrama, que un día se llenaron con palabras sin importancia. Carácteres presos en un espacio cerrado y que sirven a las personas para lidiar con el tiempo. Palabras que no significan nada porque esa es, precisamente, su esencia.

O-Futebol

 

 

Pero la vida siguió. Navajazo (2014)

La película Navajazo, de Ricardo Silva, se construye sobre una serie de personajes atravesados por la violenta tensión entre dos mundos. Al igual que estos, el film se sitúa en el espacio de la herida, de la llaga, en el limbo que separa Estados Unidos de México, Tijuana. En el límite que separa la realidad de los sueños, en la fractura creada por un sistema sustentado por el deseo y que no deja de arrojar sus desechos al margen. Allí donde el diablo escupió a mala fe la condena a la que estamos predestinados. “¿Quieres conocer al otro Sally que no se droga?”.

Así el relato se orquesta zarandeando al espectador de un lado al otro, convirtiendo la butaca en una silla eléctrica mientras tratamos de no caer hacia un abismo por el que caminamos sin brújula ni mapa. Entre el sueño y la pesadilla, entre el amor y la pornografía, entre lo sobrio y lo ebrio, entre la violencia y su representación, entre Dios y el Demonio, entre la ficción y el documental.

Desfilan ante nuestros ojos drogadictos, prostitutas, asesinos y vagabundos. El director se vale de un dispositivo fílmico que también se encuentra en el límite de lo moralmente aceptable, que roza el lado oscuro de la ética documental. Hace que sus personajes se reinterpreten a sí mismos, pidíendoles acciones y gestos por unos pocos dólares, provocando en ellos una sobreactuación que es catapultada por lo que ellos piensan que la sociedad les exige. Todo ello ante la imponente y violenta presencia de una cámara de video, llevando así la puesta en escena al límite entre el surrealismo y la más cruda realidad. Pero Silva lo pone a la vista de todos, mostrando claquetas y micrófonos que entran en plano, y consigue hacernos conscientes de que lo que estamos viendo está mediatizado, que hay un equipo de rodaje allí, y que lo que estamos contemplando es real sólo a medias, que la mentira es una forma alterna de contar la verdad. Hace bascular así una hiperrealidad cegadora por dolorosa, hacia una tratamiento cinematográfico que permite al espectador contemplar la situación con la suficiente distancia, evitando su deslumbramiento. Metacine que nos empuja a una reflexión sobre la identidad y la representación mediática, esa que funda y abandona a las personas a su antojo. “¿Do you believe in true love?”.

El film adquiere el punto de vista de los personajes mediante un texto que, a modo de subtítulos, aparece de forma puntual y que sirve a Silva para organizar el relato en tres partes, para situarnos en un contexto político, el de las migraciones y la búsqueda de una vida mejor, y para introducir lo que se nos viene encima, el cáncer de una sociedad enferma hasta la médula. Habla desde el desengaño, duro, seco, violento. Lleno de rabia aunque también de dignidad. Mostrar las heridas del sistema, su fracaso, allí donde se tambalea, allí donde es tan frágil como una de las canciones de cuna de Albert Pla, que mece a los personajes con el cariño y el amor que sólo una madre puede darles, esa que todos necesitamos ahora que estamos perdidos.

Navajazo son veinticuatro puñaladas por segundo a la ideología dominante. La de la violencia domesticada de Hollywood, la del amor eterno, la de las fantasías publicitarias de un anuncio de colonia, la de la fe en un sistema que se desmorona a cada segundo. “Pero aquí seguimos muy a tu pesar”.

Cine en el filo de la navaja. Dónde está el brillo.

navajazo-poster-alta